La frontera es una herida abierta

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Una okupación en los árboles en Lochiel, Arizona, detiene la construcción del muro fronterizo

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En la frontera con México, en Arizona, por primera vez en la historia, una okupación forestal está bloqueando la construcción del muro fronterizo que Trump prometió a sus votantes. El muro es el cuchillo de la metáfora de Gloria Anzaldúa, cuando escribió en 1987:

«La frontera entre Estados Unidos y México es una herida abierta donde el Tercer Mundo fricciona contra el Primero y sangra».

La valla fronteriza es un cuchillo que atraviesa un «tejido vivo», como ella escribe, dejando una herida irregular en los valiosos y diversos ecosistemas que desmienten el mito de que la frontera representa una división natural entre mundos.

Hace dos semanas, un manifestante decidió que era hora de bloquear la máquina que estaba a punto de destruir el último de los cuatro álamos antiguos que se interponían en la construcción del muro. Un sheriff lo detuvo; fue puesto en libertad doce horas más tarde sin que se presentaran cargos contra él. Esta detención movilizó a la comunidad.

Menos de dos días después, unos amigos instalaron una plataforma en el árbol. Desde entonces, ha sido imposible nivelar esta parte del terreno porque hay alguien viviendo en el árbol y muchos simpatizantes en el suelo asegurándose de que todo el mundo lo sepa. Si talan el árbol, es probable que nuestro amigo que está en el árbol muera con él. Sabiendo esto, el contratista general, Fisher Sand and Gravel, así como su empresa de seguridad privada, Vision Quest, el Ejército de los Estados Unidos, la Patrulla Fronteriza y el sheriff del condado de Santa Cruz aún no han podido expulsarnos de la sombra del álamo antiguo que probablemente lleva aquí desde antes de que el terreno fuera adquirido por los Estados Unidos.

Os invitamos a uniros a nosotros para rechazar el régimen fronterizo, ya sea viniendo aquí, a Lochiel (Arizona), o pasando a la acción desde dondequiera que estéis. La frontera está en todas partes donde se extienden sus redes de violencia.

Lo que sigue a continuación es un relato desde dentro de esta lucha emergente.


Hemos vivido un momento de relativa calma en medio de un remolino histórico. Este verano ha estado lleno de conflagraciones fugaces, un calor más intenso del que recordamos del año pasado y la sensación, que nunca desaparece del todo, de que todo esto no puede permanecer tan precariamente estable como parece. La estabilidad del proyecto de Estados Unidos se ha sentido asfixiante. Oímos susurros de verdadera resistencia y vemos fotos de rupturas alegres, pero nuestra vida cotidiana se ha mantenido prácticamente igual, quizá con unos cuantos amigos, compromisos y chats de Signal más de los que teníamos el verano pasado por estas fechas.

Reunidas bajo el último de los cuatro álamos antiguos que se interponen en el trazado de la nueva construcción del muro fronterizo doble, hemos encontrado un momento de posibilidad. Por ahora, hemos conseguido detener al régimen en seco. El muro no puede construirse donde se encuentra esta abuela mientras nosotras también sigamos aquí.

Desde hace más de un año, ecologistas y miembros de la comunidad local han estado pasando tiempo juntos en Lochiel (Arizona). Este pueblo está prácticamente abandonado. Muchos edificios de aquí se están convirtiendo en ruinas, lo que ilustra la relación periférica de Lochiel con la metrópoli situada a solo unas horas al noroeste. Estas reuniones han creado una red solidaria y cohesionada que se extiende mucho más allá de las carreteras, los edificios, las vallas, el ganado y la ecología del valle en el que se encuentra Lochiel. Unas pocas personas han reunido a muchas otras para ser testigos de cómo este valle, y nuestro mundo, se van separando.

Lochiel se encuentra justo al lado de la frontera entre Estados Unidos y México. Una de las casas del pueblo, la antigua aduana del puerto de entrada (ahora cerrado), está tan cerca de la frontera que a su propietario le preocupaba que también sea demolida para dejar espacio al doble muro. La gente a ambos lados de la valla fronteriza vive prácticamente de la misma manera: crían ganado y cantan juntos bajo la misma sombra de los álamos en el mismo valle, bajo la misma cúpula azul brillante del cielo. Los numerosos y centenarios álamos del fondo de este valle solían extenderse más allá de la frontera, creando un dosel continuo sobre la carretera. Este ecosistema de pradera de gran altitud es uno de los que presentan mayor diversidad biológica del mundo, con innumerables variedades de insectos y gramíneas, plantas con flores y muchas especies de aves amenazadas, además de coatíes, coyotes, osos y jaguares. Toda esta vida está en peligro aquí.

Hace unos años, en otoño y a principios del invierno de 2022, en el Bosque Nacional de Coronado, situado al este de Lochiel, un grupo similar de personas se opuso a otro intento de construir un muro fronterizo. Este esfuerzo por bloquear el muro de contenedores del entonces gobernador Doug Ducey acabó teniendo éxito. Las personas involucradas emplearon prácticamente la misma retórica y tácticas similares.

Sin embargo, hoy en día, el clima político ha cambiado drásticamente. En 2022, durante los años de Biden, el gobernador Ducey infringió numerosas leyes para utilizar contenedores de transporte con el fin de «llenar los huecos» que había dejado el primer e ineficaz intento de Trump de construir el muro que había prometido a sus votantes. Millas y millas de bosque nacional (donde el gobierno estatal no tiene jurisdicción) fueron taladas y niveladas sin ningún permiso y sin tener en cuenta ni la ley ni el medio ambiente. El proyecto costó millones de dólares y causó un impacto incalculable en este precioso ecosistema.

Con los y las manifestantes plantadas frente a los vehículos que llevaban a cabo la construcción, las cuadrillas se vieron obligadas a trabajar durante toda la noche. La respuesta de las activistas fue montar un campamento en la propia carretera fronteriza. Pero en aquel momento, Ducey solo contaba con el apoyo tácito del Gobierno de Estados Unidos. Tras dos semanas de okupación, los tribunales finalmente decidieron intervenir. A Ducey no solo lo detuvieron los y las manifestantes que bloqueaban el paso, sino también la autoridad de la ley federal.

Hoy, en Lochiel, no hay ningún proceso judicial, ni salvación judicial a la que aferrarse. Este muro, que no es menos monstruoso que aquel, ha sido diseñado para cumplir su propósito, y la ley también ha sido rediseñada. Bajo el segundo mandato de Trump, lo que hasta hace poco no era más que una payasada ilegal se ha convertido en una fuerza contundente respaldada por la ley. Todas las personas que estamos ahora en Lochiel, independientemente de nuestra ideología, vemos que el poder consolidado en los últimos cuatro años pone de manifiesto el desprecio absoluto del Estado por la vida en todas sus formas. Luchamos por la vida. El Estado solo trae muerte.

A unas horas al oeste de Lochiel, en un lugar llamado Quitobaquito Springs o A’al Vaipia por el pueblo O’odham, las comunidades indígenas y ecologistas también se están preparando para la lucha contra la inminente construcción del muro fronterizo. Los manantiales son un lugar ceremonial sagrado para el pueblo O’odham, algunos de cuyos miembros vivieron allí hasta la década de 1950, cuando el Servicio de Parques Nacionales anexionó las tierras para crear el Monumento Nacional Organ Pipe Cactus.

Este manantial depende de acuíferos milenarios que la construcción probablemente agotará hasta tal punto que el manantial dejará de existir. Esta profanación supone una amenaza existencial para la geografía religiosa tradicional del pueblo O’odham; además, supone la extinción de las poblaciones silvestres del pez Sonoyta y de los caracoles de manantial, que solo se encuentran en las aguas de A’al Vaipia. La resistencia va en aumento en forma de marchas de oración lideradas por el pueblo O’odham y demandas judiciales en defensa de especies en peligro de extinción, entre otras iniciativas, pero la sensación de fatalidad crece a medida que llegan los topógrafos y los equipos de construcción realizan los preparativos.

Junto al Monumento Nacional del Cactus Organ Pipe se encuentra la Nación Tohono O’odham. La frontera de EE. UU. ha dividido las tierras de los O’odham desde el proceso inicial de colonización. El gobierno de la Nación Tohono O’odham ha publicado recientemente un comunicado en el que declara a todos los contratistas del muro fronterizo como intrusos. Se están colocando carteles de «Prohibido el paso» para notificar a los contratistas que su entrada en el territorio es ilegal. La frontera ya ha profanado las tierras de los O’odham, y este muro destruiría los lugares sagrados y dificultaría aún más la conexión a través de la frontera de lo que ya lo es.

Antes, un proyecto de construcción se habría visto obligado a abordar estas cuestiones, pero la ley Real ID ha eximido al Gobierno de la responsabilidad de llevar a cabo estudios arqueológicos y medioambientales. El muro fronterizo está borrando de forma tangible toda la historia, la vida y la cultura que se interponga en su camino.


Mientras escribo, la valla que marca la frontera cerca de Lochiel está siendo retirada, panel a panel. Observo cómo la misma máquina que arrancó tres antiguos álamos en este valle apila cuidadosamente los paneles de la valla.

En un sueño despierto colectivo, alimentado por el calor del sol, imaginamos que ésta podría ser la última vez que el valle se vea dividido por la violencia. Que el valle pudiera volver a estar algún día unido. Que la mitología del Estado diera paso a la tierra, al sol, al suelo, a la abundancia, a la libertad.

Este sueño despierto terminó tan rápido como comenzó. El doble muro llega ahora casi hasta los bordes de las raíces del cuarto álamo abuelo que ha sido condenado a morir para dejar paso a esta monstruosa infraestructura.

Las nubes de polvo de la obra se arremolinan sobre sus hojas mientras sus raíces son aplastadas por innumerables camiones y ahogadas por el agua robada del acuífero subterráneo, en un intento por mantener el suelo removido en su sitio.

El lunes 27 de julio, un vecino decidió interponerse ante la maquinaria que se supone que va a arrancar de su suelo —y de nuestras vidas— este último de los cuatro árboles fronterizos. Por este acto de protección, fue detenido por los agentes del sheriff Hathaway, del condado de Santa Cruz, y encarcelado durante ese día. Fue puesto en libertad sin que se presentaran cargos contra él. Este acto de valentía tuvo gran repercusión en el sur de Arizona.

A medida que se difundía la noticia, muchas más personas se volcaron hacia este pequeño pueblo con el corazón y la mente encendidos. Se abrió una ventana a la posibilidad de detener la construcción del muro y de llorar como es debido el ecosistema que está siendo dividido en dos. Periodistas, ONG ecologistas, activistas humanitarios y anarquistas acudieron en masa a la pequeña localidad en respuesta a esta invitación.

En menos de dos días, la red se extendió lo suficiente como para que fuera posible establecer una ocupación en lo alto del árbol, en los brazos de la última de las cuatro abuelas. La gente instaló una plataforma en la copa del árbol y izó una pancarta.

Los viejos álamos son enormes… y frágiles. En cualquier momento, cualquier rama podría caer sin previo aviso; el estrés que está soportando este árbol no hace sino aumentar esa probabilidad. Pero ese riesgo merece la pena para la persona que ocupa el árbol y para las que le apoyan desde abajo. Este momento de libertad merece la pena el riesgo.

La ocupación del árbol es a la vez un símbolo y una intervención. Se basa en la experiencia de activistas con tácticas históricas de defensa forestal y militancia medioambiental, así como en un compromiso con el mundo más allá de lo humano. La ocupación del árbol en este lugar concreto ha logrado lo que pocas otras tácticas han podido conseguir: detener por completo el avance de la construcción del muro fronterizo en esta pequeña parte del valle de San Rafael. Por tres lados del árbol, la construcción continúa, pero él sigue en pie con uno de nosotros entre sus amplios brazos.

Justo después de que se iniciara la ocupación, se volvió a llamar al sheriff. Un empleado de una empresa de seguridad privada llamada Vision Quest intentó intimidar a la persona que ocupaba el árbol y al campamento que había surgido bajo él. El sheriff no acudió. Nos han dicho que él también se opone a la construcción de este muro. Aquel día, parecía que no había nada que los guardias de seguridad privada, la patrulla fronteriza o incluso los marines destinados en esta parte de la frontera (que iban y venían en un carrito de golf) pudieran hacernos sin la colaboración del sheriff; al menos legalmente, al menos por ahora. Una vez que nos dimos cuenta de esto, recorrimos la servidumbre de paso de la carretera fronteriza sin miedo.

En las dos semanas transcurridas desde entonces, las obras cercanas se han visto en gran medida interrumpidas debido al compromiso de la gente de interponerse en su camino, así como a la temporada de monzones, milagrosamente abundante y regular, que ha hecho que el valle de San Rafael esté tan frondoso este año. La lluvia de verano sigue cayendo aquí, a diferencia de lo que ocurre en Phoenix y Tucson. Los rayos, los aguaceros y los fuertes vientos nos han bendecido con un respiro en este momento de oportunidad.

Nadie sabe qué hacer con nosotras. Aunque todavía puedo sentir el sol en mi piel, la presión del calor del verano ha remitido. Por fin podemos correr, jugar y aprender a defender el mundo de lo real dentro del pequeño vacío de poder que hemos creado juntas bajo este álamo. Nos encontramos al borde del mundo falso al que, según nos dicen, pertenecemos, perforando su gruesa piel gomosa y sintiendo la brisa de la libertad en medio de la violencia de un fascismo fronterizo cada vez más intenso. Los márgenes y las zonas periféricas del capital siguen siendo lugares que pueden ofrecer espacio suficiente para moverse a quienes estamos dispuestas a romper la ilusión del control estatal.

Las noticias procedentes de los márgenes llegaron rápidamente a uno de los muchos centros de control. El miércoles 5 de agosto recibimos noticias desde Phoenix de que personas «anarquistas y alborotadoras de la metrópoli» habían llevado a cabo una acción en la oficina del contratista general adjudicatario del proyecto de construcción de la frontera, Fisher Sand and Gravel. Esta empresa ha ganado mil millones de dólares con el contrato de construcción del muro. Esas «anarquistas y alborotadoras» destrozaron la oficina y colocaron un aviso de desalojo popular en la puerta, enviando el mensaje de que, al igual que la frontera está en todas partes, hay una forma de que cualquiera pueda plantarle cara en cualquier lugar.

El informe de esta acción, publicado originalmente en un sitio web regional de noblogs, comienza diciendo: «La frontera es como una herida abierta», recordando a Anzaldua. No hay afirmación más cierta. Dondequiera que se construya, se mantenga y se amplíe la frontera, hay sangre. Solo estamos intentando curar esta herida.

Gran parte de la retórica de los medios de comunicación dominantes en torno a la ocupación de los árboles se basa en una visión neoliberal de lo que es posible. Si tan solo se estuviera construyendo un muro en lugar de dos, estos álamos se habrían podido salvar. Si tan solo la frontera se pudiera mantener de forma más abstracta, parecería menos violenta desde lejos. Si tan solo se hubieran podido salvar todos estos álamos, el ecosistema habría permanecido intacto. Si tan solo se detuviera la construcción debido a los nidos activos que, según la Patrulla Fronteriza, impedirían la despiadada eliminación de las «abuelas» que se interponen en el camino. Los estudios abundan, y todo ello es cierto. El muro y su construcción están causando un daño irreparable a este ecosistema.

Sobre el terreno, mucha gente tiene una visión más sencilla. Como reza la pancarta colgada en el árbol que aún se mantiene en pie: «LAS FRONTERAS MATAN». Rechazamos cualquier línea que nos divida. Nos oponemos a cualquier fuerza que impida que las personas, los animales y el agua se desplacen y habiten donde quieran. Nos negamos a creer que este muro vaya a permanecer para siempre. Sabemos que, con nuestra resistencia constante, podemos derribarlo. Sabemos que las raíces de estos álamos permanecen (aunque desgarradas y en lento proceso de descomposición) a mayor profundidad que la que el muro está anclado con cemento en el suelo compacto del valle de San Rafael. Las cigarras cantan con nosotras. Nos dicen que se acerca la lluvia, que hará que el camino se vuelva demasiado embarrado para que pase la maquinaria pesada.

En este momento, no sabemos cuánto tiempo podrá permanecer el activista encaramado en el álamo «abuela» al que hemos llegado a querer. Muchas hojas se han vuelto amarillas y han caído debido al estrés, pero hay brotes nuevos en las puntas de las ramas más pequeñas. En cualquier momento, el sheriff puede decidir que es hora de que haga su trabajo. Quizás se ordene a más fuerzas del poder estatal que nos desalojen.

Pero estaremos aquí para detener esta intervención, para impedir la ampliación del muro desde el Golfo de México hasta el Océano Pacífico, para evitar que el mundo real quede dividido por una línea imaginaria impuesta mediante la violencia descarnada. Os invitamos a uniros a nosotros aquí, en Lochiel; os invitamos a formar parte de la libertad que hemos encontrado aquí, para luchar contra la frontera desde donde estéis. Necesitamos que nos ayudéis a ampliar este espacio de posibilidades que sentimos tan claramente en este momento, desde los márgenes hasta el mundo entero.

Sabemos que vosotros y vosotras también podéis sentirlo.